Ayer me encontré en una situación curiosa que quisiera compartir.
Alrededor de una mesa y un chocolate tres amigas conversaban, una Catedrática de Biología en la Universidad, otra Doctora en Rehabilitación y la última profesora de Matemáticas de secundaria.
A dos de ellas tenía el gusto de conocer y durante unos minutos entré en su círculo. Los temas saltaban y se entrelazaban y cuando ya pasó un breve pero intenso tiempo de intercambio de opiniones y experiencias, se levantaron, pagaron el chocolate y se despidieron con un “hasta luego”.
Parece que no hay nada de importancia en tal suceso, pero algo quedó en mi cabeza grabado, una curiosidad que me lleva rondando desde entonces: las tres amigas que hablaban tan animadamente partían de una actitud diferente ante la vida, la primera y Catedrática de Biología, se anexionaba al ateísmo, el alma es sólo una suma de productos bioquimicos y fisiológicos que forman parte del género humano; la segunda, la Doctora, profundamente religiosa y convencida de su cristianismo; y la última, la profesora de Matemáticas, pensaba y así me lo hizo saber, que ella era atea pero que hacia como si creyera en Dios, porque así le resultaba más fácil pensar que podía ser feliz.
Puedo decir y añadir que las tres ante aquel chocolate, estaban en el mismo camino, compartiendo sus vidas y conversando sin mayor transcendencia sobre cualquier tema que las uniera en esos momentos. Eso si, las tres compartían una misma opinión sobre el chocolate, y era que no estaba tan rico como en apariencia parecia, y aún así lo tomaron y por unos instantes aquel chocolate que las unió esa tarde, entró a formar parte de su círculo, haciendo coincidir en las tres una misma reflexión que sin duda, en apariencia, no parece tan importante.
Qué curiosa amistad, me encantó.